Preludio
La primera vez que toqué una tabla de windsurf tenia yo ocho años. A mi abuela le tocó, en un sorteo de esos de “mande usted el código de barras”, una tabla para niños, con su vela incluida. No es coña. La tabla debía medir poco mas de un metro y la vela, mas o menos lo mismo. Creo mis padres la llevaron a la playa… una vez. La verdad es que no resulto una experiencia excesivamente emocionante.
La segunda vez, estaba yo en tercero de BUP. Un día, en clase de educación física, un amigo comentó que tenia una tabla, y que había estado aprendiendo a navegar el verano pasado, y hablando, decidimos ir un día a la playa.
Era invierno y, por supuesto, yo no tenia traje de neopreno. Pasé mas frío que nadie, y no conseguí levantar la vela mas de cinco segundos, así que me senté en la arena, y envuelto en la toalla, me quede viendo a mi amigo trasluchar. Sin duda no era aquel el mejor día, ni el material mas apropiado para empezar, y yo estaba congelado, pero tras ese día, yo ya estaba enganchado.
A lo largo de ese invierno seguimos yendo a la playa de vez en cuando. Incluso alguna vez nos escapamos del instituto para ir a navegar… Por supuesto mis padres no tenían en mente comprarme una tabla nueva así por las buenas, pero hablando con un antiguo profesor de tenis, si consiguieron que este me dejase su viejo material de windsurf. Y tan viejo.
Un tablón de los ochenta, que pesaba la de dios. Para sacarlo del apartamento a la playa tenia que subirlo a la baca del coche, así que cada vez que salia, dependía de alguno de mis padres para que sacase el coche. La tabla tenia una aleta realmente pequeña, y una orza de esas de quita y pon, realmente grande. La tabla era tan grande y tenia tanto volumen, que mi hermana y yo podíamos salir a remar los dos tumbados en ella. Podíamos ponernos de pie simultáneamente y la tabla ni se enteraba. Eso si, luego navegar con ella, era como navegar en un portaaviones. Supermaniobrable, oiga. Y la vela, la vela no era mas que un paño triangular, sin sables, ni nada parecido, y sujetar la botavara al mástil era siempre un pequeño desafío, con sus cabos y sus nudos…
Con este material fue con el que realmente aprendí. Pase muchas, y muy felices sesiones de invierno navegando con el durante año y medio, hasta que al terminar la selectividad mis padres me regalaron un equipo nuevo, equipo que por desgracia no pude disfrutar demasiado tiempo, pues después del verano, vino la universidad, y luego la prepa, la Academia, Salamanca y Madrid.
Y aquí estamos, una década después; y es que el mar, el mar… siempre consigue hacerte volver.









November 19th, 2008 at 10:03
;-)
November 19th, 2008 at 23:24
¡Ole!