Guadalcanal
Madre mía. Y es que hace tiempo que no escribo. Bueno, tiempo que no escribo en este, mi humilde blog, y perdón pido a mis incontables, y a la par innumerables lectores, porque escribir, he escrito, decenas de briefings y debriefings, palabros que en castellano del bueno vienen a significar el planeamiento de una misión y el posterior resumen de la misma, y es que la campaña de Guadalcanal me tiene absorbido.

En este lapsus blogeril he salido al mar un par de veces o dos, que aunque parecido, no es lo mismo. Un día lo recuerdo con especial cariño. Finales de febrero debía ser. El mar plano como una balsa de aceite. El cielo gris como corresponde a dicha época del año. Y el agua transparente como el cristal. Hacia muchos meses que no la veía así. A trescientos metros la costa, de pie sobre mi tabla, veía el fondo marino como ves la palma de tu mano. ¿Profundidad? Pues no lo se. Muchos metros. Tirándome de cabeza y bajando en vertical no conseguía llegar al fondo. Vale que el traje de neopreno no ayuda en absoluto, y que uno, intentando sumergirse así, se siente como unido a la superficie con una goma gigante que, cuanto mas bajas, mas tira de ti hacia arriba. ¿Diez metros? Ni idea… Aun así es impresionante, casi increíble, poder ver perfectamente el fondo del mar a esa distancia de la costa, cuando la mayoría de las veces al llegarte el agua al pecho ya no eres capaz de discernir tus pies en el fondo. No se a que tipo de arcano se deberá todo esto, pero me gusta…
Grata sorpresa. A pesar de la mas que poco esperanzadora predicción, el día amaneció con unas preciosas olitas de poco mas de medio metro. Ordenaditas todas ellas. Del noreste, como siempre. Mi hermana pequeña, se apunto al festín de olas, así que tuve compañía en el mar. La verdad es que se agradece de vez en cuando, a pesar de que la soledad y el surf, por no decir que la soledad y la mar, van siempre unidas de la mano. Olas fáciles de coger. Olas sencillas, que te levantan y te impulsan, como permitiéndote jugar con ellas, y que con suavidad te depositan en la orilla, justo cuando las aletas de tu tabla están empezando a rozar el arenoso fondo del mar…








