Germanos

Se me acumulan las historias, entre comillas…

Al final, cogí la tabla. Con el pulso acelerado, esperando esa primera ola en el Atlántico, volví a la playa. La pareja de germanos ya estaba en el agua y para mi sorpresa descubrí que parecían saber bastante menos que yo, que ya es decir. Yo que esperaba verlos cabalgando las olas al más puro estilo longboard, yo que esperaba poder preguntarles alguna de mis dudas, pues nada. Ambos dos se habían separado. A él parecía haberle arrastrado la corriente hacia la derecha, y peleaba por pasar la zona de espumas. Ella en su posición inicial se conformaba con coger las olas rotas que le llegaban. Todavía sorprendido comencé a remar. La corriente en la zona de espumas si era algo molesta, pero una vez superado el punto en el que rompían las olas, la corriente parecía desaparecer.

Me quedé ahí un buen rato, como hago siempre, dejando pasar varias olas, analizando la situación, confirmando que no me movía respecto a la orilla. Mientras tanto mis amigos germanos continuaban cogiendo espumas. Ahí viene mi primera ola. Remo, remo, venga rema mas y… ¡babum! La punta hundida. Salgo disparado hacia delante. Revolcón. Cagüentó. Bueno, al menos la ola me ha arrastrado poco y no me ha sacado casi nada. Me subo y vuelvo a recuperar mi posición… Ella me ve y me hace el gesto internacionalmente conocido como “menuda leche chaval” a lo que yo le contesto el típico gesto de “pues si, pues si”. Espero unos minutillos más. Ahí viene otra ola. Esta si. Corrijo mi posición en la tabla para que no se me hunda la punta. La verdad es que las olas no son ninguna maravilla, pero a la vista esta que por ahora no necesito mas. Suben demasiado rápido y demasiado verticales y rompen en seguida. Esta vez si. Remo, siento que me arrastra, me pongo de pie y una sonrisa se me escapa mientras dejo que la ola me lleve hasta la orilla.

Normalmente la mayoría de los surfistas con los que he coincidido sueltan la ola en cuanto esta pierde la pared, o en cuanto se aburren, u obviamente en cuanto esta deja de arrastrarles. Se que esto es debido a sus tablas cortas. O eso creo. Pero mi tabla es lo suficientemente grande como para permitirme disfrutar de la ola hasta la orilla. Ahora bien, lo segundo que pienso nada mas bajarme de la tabla es “quien demonios me mandara a mi seguir la ola hasta la orilla; ¡ahora tengo que volver a remar hasta allí!”. Si al hecho de que vuelvo a estar literalmente en la orilla, unimos el que con esta tabla no puedo hacer el pato (no puedo sumergirla para pasar por debajo de las olas) el resultado es que por cada ola que surfeo, ¡me toca volver a remar como un galeote hasta pasar el punto de rompiente! A veces resulta frustrante, sobre todo si me comparo con los chicos de las tablas cortas, porque primero, ellos si pueden hacer el pato, y segundo, ellos dejan la ola mucho antes que yo, por lo que tienen mucha menos distancia que remontar. Lo dicho, frustrante. Pero no puedo evitarlo, no puedo evitarlo, y no es porque todavía sepa poco, no es porque me falte experiencia, pues se que lo que yo quiero cada vez que cojo una ola, es surfearla hasta la orilla…

Al remontar pasé al lado de la mujer alemana y rápidamente le dije que debería intentar sobrepasar la zona de espumas, que ahí adentro no había corriente y que podría intentar coger una ola en condiciones, pero me dijo que no, que prefería quedarse ahí, donde hacia pie, que su tabla era demasiado grande; bueno, entre el ruido del mar y su ingles germanizado no se si me dijo eso, o que las olas eran demasiado grandes. Total que le dije ok, me dijo good luck y seguí remando. Good luck, joder, ni que me fuera a meter en Pipeline o algo así, pero bueno, fue de agradecer jeje…

Y así transcurrió mi primera sesión atlántica, con olas de poco más de un metro, la playa desierta y dos germanos. Estuve en el agua cerca de tres horas antes de salir. Metí la tabla en el coche y puse rumbo a Santiago, con una sonrisa en la cara, sabiendo que al día siguiente volvería…



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