Beware

El segundo día resultó ser sábado, y es que trabajando día si, día no, de junio a octubre, al final uno pierde la referencia de la semana. Más de una vez he ido a comprar dándome cuenta de que era domingo al ver la tienda cerrada… Bajé del coche y vi que había olas. Sonrisa. Cogí la tabla y comencé el paseo hasta la playa. Esta vez había no menos de quince surfistas en el agua. El estado del mar era similar al del último día. Tal vez un poco más grande. Era obvio donde rompían las mejores olas, pero como ahí estaba todo el mundo, y como no necesito mucho mas, me decidí por un segundo punto situado algo mas al este. Siempre intentando minimizar la remada hasta el pico, observe con cuidado el mar y entre por la zona en la que menos olas rompían. Me sorprendió lo fácil que me resulto llegar. Después, unas cuantas brazadas en paralelo a la costa y listo, justo donde quería estar.

Las olas fueron muy guapas. Como siempre, hasta la orilla. No todas resultaron fáciles, ni mucho menos. Más de una vez me vi incapaz de ponerme de pie, pudiendo solo colocar el pie trasero, y quedando la rodilla delantera sobre la tabla. Cagüentó que rabia me da eso. Insistí mucho en corregirlo. Si me levanto, me levanto, y punto. Poco a poco la gente fue saliendo del agua, hasta quedarnos tres tíos. A la hora y pico salí a comer algo. La marea fue bajando y las olas se fueron desplazando hacia la derecha, así que pasado un rato cogí las cosas y me trasladé un poco hacia el este. Justo cuando me disponía a entrar de nuevo apareció la pareja de alemanes del otro día. Nos saludamos, cruzamos tres palabras y entramos en el agua. Al igual que la otra vez, ellos se quedaron en la zona de espumas. Estuve poco mas de una hora en el agua, cogiendo algunas olas buenas, hasta que ya cansado decidí salir y poner rumbo a casa.

El tercer día el mar estaba muy movido. Las olas no eran limpias y la corriente era fuerte cuando llegué. Indeciso volví al coche donde comí algo y me eché una buena siesta. Me desperté a las seis y volví a bajar a la arena. Observé el mar y decidí que podía intentar entrar. Justo en ese momento un tío con su tabla apareció tras las rocas y entro en el mar. Le observé un rato y vi que no terminaba de encontrar la posición. Como he dicho, el mar estaba muy revuelto. Cogí la tabla, me puse el traje y baje de nuevo hasta la orilla.

Nunca me había pasado esto; estuve de pie, con la tabla bajo el brazo, en la orilla, no menos de quince minutos. Indeciso. Temeroso. No terminaba de encontrar el momento. El pensamiento recurrente era “ahí dentro lo vas a pasar mal”. Miedo. Soledad. Un paso que solo tu puedes dar. Las olas eran grandes. La zona de espumas mucho mas ancha que los otros días. La corriente fuerte. El mar revuelto. Tras esos quince minutos de profunda soledad vi un hueco y entré. Remé a toda velocidad, intentando estar lo menos posible en la zona donde las olas rompían. Esta vez, ahí dentro, pasado el punto de rompiente la corriente era incomoda. Tenia que estar continuamente remando para mantener la posición.

Poco a poco fui remando hacia el extremo este de la playa, donde rompían las mejores olas, donde estaban las rocas. No me hacia mucha gracia lo de las rocas, pero tenia que pillar por lo menos una ola. Por lo menos una. Estuve mucho tiempo esperando el momento, sintiendo las olas pasar por debajo de mi tabla, hasta que llego mi ola. Reme y la cogí. Era potente para mi nivel y como siempre me llevo hasta la orilla. Salí emocionado y volví a quedarme de pie con la tabla bajo el brazo. Una mas. Vamos por una mas. Esperé el momento, aunque tal vez debería haber esperado mas, y volví a entrar. Esta vez las series me rompieron en la cabeza demasiadas veces y me dificultaron bastante el acceso. Realmente es lo mas duro del surf, lo mas difícil, entrar, y nadie enseña esa parte en la tele.

Al final fueron dos olas. Dos olas que valieron la pena. Valió la pena la indecisión. Valió la pena el miedo. Valió la pena la decisión interior. Y me quedé con ganas de mas…



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